domingo, 18 de noviembre de 2012

El sueño de Narciso

Saberlo les movió el tapete. Narciso les confió que él tenía un sueño. Esto los llevó a reflexionar sobre el caso y a la inevitable conclusión de que ninguno de ellos tenía uno propio. A lo mejor por eso le entraban macizo a la tarea de quitarse la vida mediante tragos de alcohol industrial endulzado con refrescos de grosella o de frambuesa.

El Chicho lo contó en medio de la peda:

—Yo siempre he soñado en embarcarme. Tener una lancha, de remos aunque sea, siempre me la pasaría en ella, ahí comería y dormiría, pero pos ni cómo, bueno: ni siquiera conozco el mar.

Lo contó así nomás sin saber que su confesión lo era, ni en el saque de onda que iba a causar entre sus cuates, los del comando, los chupamaros, los trancadiaria, los teporochos de la calle Dr. Erazo.

¿Cómo le hicieron? No lo sé, no podría contarles cómo se organizaron o planearon el asunto. Ya sé que estoy en papel de narrador omnisciente, pero chingao, uno también tiene cosas de qué ocuparse. No se me puede ocurrir tampoco cómo esos hombres perpetuamente alcoholizados pudieron hacerlo. Qué cosa de muy dentro de ellos, tripas aparte, se conmovió de tal modo que les dio energías bastantes, pero el caso es que lo hicieron.

Fíjense: Un día llega el Chicho a la vecindad donde se juntan y que le van diciendo:

—Cierra los ojos

Y que los cierra y que pa’pronto lo cargan y que lo trepan en algo y él no sabía qué era y que comienza la bulla y

—Ora sí: ábrelos

Y que los abre y que no podía creerlo: pinches briagos locos, cabrones, ojetes, chingones...

Tampoco pudo creerlo el motorista del trolebús que estuvo a punto de despanzurrarlos al momento que se incorporaron al Eje central en medio de risas, silbidos y mentadas de madre.

Menos lo creía el 02885, motopatrullero adscrito al centro histórico de la Ciudad de México cuando los vio circular en contraflujo sobre el eje vial que ya les dije, ni lo creyeron los compañeros que escucharon el mensaje por radio con que solicitó ayuda.

Bueno, no lo creía el propio Chicho ni a pesar de la gorra de capitán que le encasquetó el Jiotes, al grito de:

—¡A la mar salada, mi cabrón!

Iba en sus glorias el Chicho —digo— a bordo del poderoso armatoste que entre todos le construyeron con una lancha de fibra de vidrio, dos ejes sujetos a la lancha y cuatro llantas remendadas de rin 14, impulsada por un motor fuera de borda de siete briagos de fuerza.

Igual de incrédulos se mostraron los que presenciaron la llegada del comando en pleno, cuando sofocados y sudorosos fueron presentados ante el Agente del Ministerio Público, quien haciéndose de la vista gorda por la procedencia de la lancha, los mandó con el juez calificador por considerar que se trataba de falta administrativa.

Con el mismo ánimo escéptico escuchó sus razones el Juez en turno, ordenándoles ir a chingar a su madre fuera de ahí. Actitud que le sirvió para no dar a saber al personal del juzgado que su señor jefe era capaz de conmoverse ante una muestra patente de amistad.

Escamados, los teporochos con el almirante Chicho por delante se fueron a su vecindad a festejar la libertad.

Mientras se chupan su teporocha, los veo desde mi ventana y alcanzo a escuchar fragmentos de su charla. Asegura el Jiotes que son capaces de hacer un velero y ya discuten la forma de fijar el mástil, al tiempo que ven en forma sospechosa las sábanas de doña Licha.

Yo me puse a contarles esto, a sabiendas de que no me lo van a creer. No le hace: no lo creyó tampoco el concesionario de las lanchas de Chapultepec cuando fue requerido para recoger en la delegación una de sus embarcaciones.

Agosto, 1999.

No hay comentarios:

Publicar un comentario