El sueño de Narciso
Saberlo les movió el tapete. Narciso les confió que él tenía un sueño. Esto los
llevó a reflexionar sobre el caso y a la inevitable conclusión de que ninguno de
ellos tenía uno propio. A lo mejor por eso le entraban macizo a la tarea de
quitarse la vida mediante tragos de alcohol industrial endulzado con refrescos
de grosella o de frambuesa.
El Chicho lo contó en medio de la
peda:
—Yo siempre he soñado en embarcarme. Tener una lancha, de remos
aunque sea, siempre me la pasaría en ella, ahí comería y dormiría, pero pos ni
cómo, bueno: ni siquiera conozco el mar.
Lo contó así nomás sin saber que
su confesión lo era, ni en el saque de onda que iba a causar entre sus cuates,
los del comando, los chupamaros, los trancadiaria, los teporochos de la calle
Dr. Erazo.
¿Cómo le hicieron? No lo sé, no podría contarles cómo se
organizaron o planearon el asunto. Ya sé que estoy en papel de narrador
omnisciente, pero chingao, uno también tiene cosas de qué ocuparse. No se me
puede ocurrir tampoco cómo esos hombres perpetuamente alcoholizados pudieron
hacerlo. Qué cosa de muy dentro de ellos, tripas aparte, se conmovió de tal modo
que les dio energías bastantes, pero el caso es que lo hicieron.
Fíjense:
Un día llega el Chicho a la vecindad donde se juntan y que le van
diciendo:
—Cierra los ojos
Y que los cierra y que pa’pronto lo
cargan y que lo trepan en algo y él no sabía qué era y que comienza la bulla
y
—Ora sí: ábrelos
Y que los abre y que no podía creerlo: pinches
briagos locos, cabrones, ojetes, chingones...
Tampoco pudo creerlo el
motorista del trolebús que estuvo a punto de despanzurrarlos al momento que se
incorporaron al Eje central en medio de risas, silbidos y mentadas de
madre.
Menos lo creía el 02885, motopatrullero adscrito al centro
histórico de la Ciudad de México cuando los vio circular en contraflujo sobre el
eje vial que ya les dije, ni lo creyeron los compañeros que escucharon el
mensaje por radio con que solicitó ayuda.
Bueno, no lo creía el propio
Chicho ni a pesar de la gorra de capitán que le encasquetó el Jiotes, al grito
de:
—¡A la mar salada, mi cabrón!
Iba en sus glorias el Chicho
—digo— a bordo del poderoso armatoste que entre todos le construyeron con una
lancha de fibra de vidrio, dos ejes sujetos a la lancha y cuatro llantas
remendadas de rin 14, impulsada por un motor fuera de borda de siete briagos de
fuerza.
Igual de incrédulos se mostraron los que presenciaron la llegada
del comando en pleno, cuando sofocados y sudorosos fueron presentados ante el
Agente del Ministerio Público, quien haciéndose de la vista gorda por la
procedencia de la lancha, los mandó con el juez calificador por considerar que
se trataba de falta administrativa.
Con el mismo ánimo escéptico escuchó
sus razones el Juez en turno, ordenándoles ir a chingar a su madre fuera de ahí.
Actitud que le sirvió para no dar a saber al personal del juzgado que su señor
jefe era capaz de conmoverse ante una muestra patente de
amistad.
Escamados, los teporochos con el almirante Chicho por delante se
fueron a su vecindad a festejar la libertad.
Mientras se chupan su
teporocha, los veo desde mi ventana y alcanzo a escuchar fragmentos de su
charla. Asegura el Jiotes que son capaces de hacer un velero y ya discuten la
forma de fijar el mástil, al tiempo que ven en forma sospechosa las sábanas de
doña Licha.
Yo me puse a contarles esto, a sabiendas de que no me lo van
a creer. No le hace: no lo creyó tampoco el concesionario de las lanchas de
Chapultepec cuando fue requerido para recoger en la delegación una de sus
embarcaciones.
Agosto, 1999.
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