Ofelia y Federico
Con el
aspecto atroz de quien ha pasado la noche a la intemperie, Ofelia cargaba el
peso de su existencia. Las piernas barnizadas de mugre se arqueaban bajo el
peso de semejante carga. Traía, además, sobre sus espaldas, una alucinante
colección de inmundicias y objetos que cualquiera consideraría inútiles,
despreciables; pero ella los cargaba con reverencia, ya que en realidad se trataba
de todo su patrimonio. Ofelia cargaba su casa a cuestas, cual si fuera un
descomunal y bípedo caracol. Un enorme morral que pendía de su hombro izquierdo
y un pequeño envoltorio de trapos abrazado con ternura integraban la
impedimenta de Ofelia.
La mujer
detuvo su marcha y dejó caer hacia atrás su domicilio, luego se ocupó en
remover los hilachos del bulto que cargaba al frente. Federico sintió en la
cara el aire que tanto estaba necesitando y movió la cabeza, buscando sacarla
para echarle el vistazo matutino al mundo.
La vieja
se rió del ímpetu de Federico, lo desembarazó del envoltorio y lo dejó pie a
tierra. Luego hurgó en el fondo de su morral y, al encontrar lo que buscaba,
dejó caer al suelo un puño de relucientes granos de maíz. Federico se precipitó
a recogerlos, mientras la vieja se solazaba en ello.
–Ándale,
mi Fede, desayúnate, mi gallo lindo… Dichoso tú.
Despachada
la magra ración, Federico volteó hacia arriba para mirar a la vieja ora con un
ojo, ora con el otro, como preguntando si era lo único que contemplaba el menú
del día.
–No te
alcanzó ni pa'l arranque, mi niño –dijo la vieja después de interpretar
correctamente la inquisitoria mirada del ave.
-Orita
que pasemos por un molino o tortillería, vemos si podemos gorriar un puñito de
masa o unas tortillitas nejas pa' mi gallito... ¡tan chulo!
El ave se
dispuso a explorar el piso circundante; entre tanto, la vieja se alzaba las
faldas, se bajaba los calzones y se colocaba en la posición adecuada para
defecar. Mientras Federico se empeñaba en rascar una raya de esmalte amarillo
pintada sobre el piso, ella repasaba con la vista la fachada churrigueresca del
sagrario metropolitano. Si a Ofelia no le importaba la gente que pasaba
presurosa a su alrededor, mucho menos iba a importarle si la fachada era
churrigueresca, si era la portada del sagrario y si éste era metropolitano. Lo
único que le preocupaba, de momento, era conseguir bastimento para su gallo. La
vieja procedió a limpiarse el culo con un trozo de papel de estraza.
El sol se
elevaba por donde siempre; se disponía a darle calor a la vieja Tenochtitlan,
iluminando de paso la escena, ruborizado.
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