miércoles, 28 de noviembre de 2012


La estación


Por Salvador García Lima

No había nada qué hacer, la única cosa era resignarse a pasar la noche en la sala de espera de la estación.

Fue lo que concluyó Martín. Había comprado el ahora inútil boleto, liquidado el hospedaje y las pocas monedas sobrantes habían pagado la taza de café aguado que constituía todo el alimento del día.

Un viejo Majestic a pilas acababa de dar la noticia con voz gangosa: rotas las pláticas entre los funcionarios del gobierno y el sindicato de ferrocarrileros, éstos acababan de votar le paro general en todo el sistema a partir de las 12:00 de la noche de ese mismo día.

—¡A las doce... la huelga!

La noticia cundió entre los pasajeros. Eran aproximadamente las 11:00 de la noche y la estación más próxima se localizaba justo a una hora de trayecto.

—Aún cuando de manera inverosímil el tren venga sin demora, es claro que será detenido en esa estación... y si lega a esta, será lo mismo: habrá estallado la huelga.

Estos cálculos fueron hechos en voz alta por un viejo con aspecto de clérigo y quizá debido a eso, su dicho adquirió categoría de encíclica.

Un tropel se formó frente a la única taquilla reclamando el reintegro de los pasajes, pero el expendedor, hombre precavido, se había esfumado. Los pasajeros poco a poco, fueron dejando la estación.

Al final, sólo Martín y el viejo que había hecho el cálculo desesperanzador, pudieron presenciar cómo los somnolientos empleados colocaban a media noche la bandera rojinegra frente a la taquilla, acatando las instrucciones de su gremio. Luego, se largó cada uno de ellos por su lado.

Un sentimiento de hondo desasosiego invadió al hombre joven al palpar los bolsillos de su traje y comprobar, una vez más, lo que bien sabía: ni una moneda.

El viejo cara de clérigo, enfundado en anacrónica capa, se acercó a una de las bancas del andén, deslizó con ademán displicente el maletín bajo ella y luego se sentó cruzando la pierna con gran majestad.

—¡Eh, joven!... acérquese, tenga la bondad.

Martín quedó desconcertado, el llamado del viejo llegó en el momento en que rápidamente sopesaba su situación: aquí estaba, varado a kilómetros de casa, frustrado el negocio que le había traído, agotado el presupuesto, sintiendo la humillante dentellada del hambre... estaba a punto de estallar en llanto, pero se sobrepuso y acudió al llamado que le hacía el viejo desde su improvisado trono.

—Sí, dígame...

—J.J. a sus órdenes —dijo el viejo estrechándole la mano con una firmeza sorpresiva.

—Martín... Martín Cruz, servidor.

—Bien... bien, Martín. Me pareció incorrecto entablar conversación con usted sin haber sido presentados. Diga, amigo Martín: ¿no le sería molesto compartir la merienda con un viejo?

¿Acaso desde su aparente indiferencia, aquel viejo se había percatado de sus tribulaciones? Antes de dejar el hotel a mediodía, se había acicalado meticulosamente y creía que el impermeable doblado sobre el brazo que sostenía el portafolios le daba un aire respetable, pero... ¿sería que se le notaba el hambre en el semblante?

—Muchísimas gracias... —Intentó rehusar.

—Eh... —Le interrumpió el viejo— apreciaría enormemente que me permitiera compartir con usted un pequeño refrigerio: esto es que hasta donde se ve, no hay establecimiento alguno donde pueda usted cenar y la comida del hotelucho es insufrible, ya se habrá percatado de ello. Por mi parte digo que he de merendar aquí y que me sentiría muy complacido de invitarlo a... mi mesa...

Al pronunciar el viejo las últimas palabras, ambos rieron de buena gana.

—Ya, ya... —Dijo el viejo recuperando el semblante serio— me apercibo de que no hay tal mueble, sin embargo, la invitación es sincera.

El joven no tuvo más que asentir con una sonrisa.

El viejo chasqueó la boca complacido y de inmediato sacó la valija de debajo de la banca. Sus manos sarmentosas comenzaron a hurgar en el interior y fue apareciendo todo lo necesario para una buena colación: un diminuto mantel a cuadros, servilletas del mismo diseño para ambos, cuchillos, copas, una enorme pieza de pan y un queso que de inmediato dejó sentir un agradable aroma.

Una vez dispuesto todo en la propia banca, el viejo extrajo con aire triunfal una botella de vino con el que escanció generosamente las copas.

—Eh, Martín... después de todo merendaremos ¿no?. Dice un viejo adagio que las penas con pan son menos y yo agrego de mi cosecha que si al pan le agregamos unas tajadas de excelente queso y regamos el conjunto con el producto de la vid y del trabajo del hombre...

Martín guardaba silencio, asombrado ante las viandas que de forma tan rápida había dispuesto el viejo.

—Vamos, sírvase usted, no gaste ceremonias... Ya, así... las reglas no escritas de la etiqueta permiten tomar el pan con las manos y las nuestras, a pesar de todo, están limpias ¿no, Martín?. Escuche cómo cruje el pan al deslizar el cuchillo. Eso es producto de un horneado perfecto, es decir: una cubierta dura y un interior suave y aromático. Ahora escuche: muchas veces ocurre que las circunstancias nos abruman y nos llevan a la deseperación. ¡oh! Es algo desagradable porque bajo ese estado de ánimo suele uno tomar desiciones equivocadas ¿está de acuerdo conmigo?

—Muy de acuerdo... ya lo creo.

—Pero también ocurre que esas situaciones sean tan sólo el preámbulo de gran triunfo. Tal ha ocurrido a generales en la batalla, a científicos en el laboratorio, a escritores ante una página en blanco...

Martín estaba como fascinado ante la perorata del viejo, no perdía detalle de sus palabras pero al mismo tiempo lo examinaba detalladamente. El lenguaje que utilizaba le hacía pensar que se trataba de una especie de sacerdote, pastor, rabino... hombre de Fe, en todo caso. Al misterio contribuía el aspecto extravagante y anacrónico del hombre: la capa, la amplia corbata, el insólito chambergo encasquetado sobre una abundante mata de pelo crespo y completamente cano. Un aspecto, en suma, que hacía pensar en un nigromante o en un poeta estereotipado del XIX. Pero a más de una prominente nariz aguileña, un par de ojillos vivaces y bondadosos, cerraban el conjunto.

Con ademanes mesurados, el viejo cortó una rebanada de pan y luego, como si en lugar del cuchillo tuviese en la mano una finísima hoja de bisturí, produjo una casi transparente rebanada de queso.

—Pero dejemos el destino, usted se convencerá por sí mismo. Vea: esta es la forma adecuada de paladear este queso. Apuesto a que lo sabe... se trata de lograr la cantidad justa de sabor para que se integre al propio del pan. Son complicadísimos los procesos químicos que se desencadenan al interior de la boca, pero eso a nadie le interesa ante...Ummhhh —El viejo entornó los ojos y su gesto fue más elocuente que el panegírico que sobre el sabor del queso ensayaba momentos antes. Luego continuó:

—Ah, no vaya usted a pensar que está ante un perito gastronómico o cosa parecida, tampoco soy filósofo. Unicamente he hecho comentarios al acaso y puedo hacerlos porque he leído. Usted lee, desde luego, y sabrá que además de producirnos placer incomparable, leer es el método seguro para apropiarse de cantidades enormes de conocimiento... Porque usted lee...

Martín asintió sonriendo. No hacía mucho que había descubierto los placeres de la lectura y ahora mismo llevaba en el portafolios un libro al que había pensado darle fin a bordo del tren.

—Claro que lee. Pero, vamos, merendemos puesto que no tenemos nada más qué hacer.

Martín obedeció de buena gana y siguiendo los consejos del viejo, empezó a consumir delgadas lonjas del exquisito queso. Cuando se sintió satisfecho, paladeó el excelente vino.

La merienda tuvo la virtud no sólo de mitigar el hambre, sino que jun to con la cálida compañía del viejo, le reconciliaba plenamente con la vida. Ya no se sentía triste. Intentó dar las gracias, pero el viejo le atajó con un ademán de la mano izquierda, sus ojos fulguraron y Martín se sintió más aliviado por aquella mirada generosa.

—Nada. No me dé las gracias, Martín. Debo decir que estoy en deuda. Si no con usted, si con alguien similar. Hace muchos años, un forastero se quedó varado como usted en una estación desierta y remota. Una estación... en la que se quedó para siempre. Ese hombre fue presa del desaliento más atroz y yo... yo estuve directamente relacionado con las absurdas circunstancias que lo retuvieron ahí, transido de miedo y angustia inimaginables. —La voz del viejo se quebraba por momentos, sus pequeños y redondos ojos parecían querer taladrar la espesa oscuridad. Se mostraba verdaderamente abatido.— Y hay más: me las arreglé para que su trágica situación produjera risa. Esto me representó dinero y un gran prestigio entre determinados círculos. Ahora yo quiero hacer algo por usted en expiación de mi culpa.

El viejo se puso de pie frente a Martín y estirando su delgado y cansado cuerpo, recitó sin dejar de señalarlo:

—Y digo categórico y en ejercicio del poder que me fuera conferido para alterar tiempo y espacio, orígenes y destinos, que usted habrá de viajar dentro de poco.

Martín comenzó a dudar de la cordura de aquél viejo, pero no pudo reprimir la pequeña flama de esperanza que comenzó a brillar dentro de su pecho.

—Y digo más —Detuvo su perorata, abandonó su pose histriónica y regresó a su asiento— a fin de viajar, habrá de decir usted una mentirijilla, cosa nimia pero esencial para conseguir pasaje, por más que no sea muy convencional el medio. Afirmará usted que es empleado del ferrocarril y eso le dará la oportunidad de viajar a la siguiente estación, la ciudad T. Donde, con este billete, abordará usted uno de esos chocantes autobuses en los que viaja uno como juguete en aparador. Llegará usted, Martín... llegará y al mediodía estará almorzando rodeado de cuantos ama... Y no lo olvide: tanto más oscura es la noche, tanto más esplendoroso será el amanecer.

Martín despertó sobresaltado a causa de un estrépito de hierros. Una potente luz le iluminó el rostro. El haz se desvió un poco y pudo distinguir a varios hombres que tripulaban un pequeño armón a gasolina del ferrocarril. El que sostenía la lámpara se dirigió a él:

—¿Qué hace aquí, amigo?. Qué... ¿no le cala el frío de la madrugada? —Y luego con sorna— ¿A poco espera el tren?

Estallaron risas a bordo del armón. Martín estuvo a punto re reclamar por la burla, pero se percató de que en la mano tenía un papel, lo examinó y vio un billete para viajar en autobús, ¡de la ciudad de T. a su ciudad natal! Recordó todo de golpe, giró la cabeza en busca de algo, pero tanta la sala de espera como el andén se encontraban completamente vacíos. Ni rastros de cena, ni del viejo, ni nada. En medio del desconcierto, recordó la recomendación del anciano y decidió que era la hora justa de mentir.

—Debo llegar a T. es preciso entregar un comunicado del comité central del sindicato de ferrocarrileros... es de extrema urgencia y de carácter reservado. Si me hicieran el favor...

—¡Claro que sí, compañero! —exclamó el de la linterna al tiempo que le extendía la mano— trépele y partamos para T. Usted dispense las bromitas, ni idea teníamos. Estamos haciendo el recorrido para levantar a los compitas varados en las estaciones. Y tratándose de esto... ¡carajo! Hasta la duda ofende. ¡Vámonos!

El armón arrancó estrepitosamente. Martín estaba sorprendido por haber mentido de manera tan descarada y eficaz. Lo dicho a los ferroviarios lo ponía a salvo de que le hicieran preguntas comprometedoras y los volvía diligentes ante “una misión delicadísima del sindicato”.

Aún a oscuras, Martín se encontraba cómodamente arrellanado en un asiento del autobús que lo llevaría a casa. Comenzó a rememorar los sucesos que acababa de vivir. Seguía confuso al respecto, pero pensó que ya tendría tiempo de reflexionar al respecto y encontrarle un significado. Cuando el autobús arrancó, él buscó en el portafolios; tomó el libro que llevaba preparado, lo abrió al acaso y comenzó a leer.

El guardagujas
Juan José Arreola
“El forastero llegó sin aliento a la estación desierta...”


El inicio del cuento lo hizo cerrar de golpe el libro. Presintiendo algo hermoso aunque inverosímil, lo colocó sobre sus piernas.

Un momento después se decidió, dio vuelta al ejemplar y al ver el retrato del autor en la contraportada, sintió la fuerza de aquellos ojillos conmovedores que tanto lo habían reconfortado durante la noche. Un sol radiante comenzó a disipar la oscuridad.

martes, 20 de noviembre de 2012


El túnel

 
Por Salvador García Lima

Faltaban unos cuantos metros. Calculó que llevarían horas en aquél túnel, hubiera querido sentarse, pero era tal la aglomeración, que resultaba completamente imposible. Nadie parecía preocuparse por los demás, angustiados como estaban esperando algo que no sabían qué podía ser.

El sí había mirado a su rededor y detrás de los rostros demacrados, deformados algunos por los golpes, le había parecido reconocer a alguien de los textiles, sería del comité. Aquél de allá, parecía a uno de los profesores de la coordinadora. Este de acá, tan golpeado, era sin duda uno de los precaristas que se habían integrado a la Unión.

De pronto, un golpe de luz que entró por uno de los extremos del túnel, los dejó desconcertados.

Acto seguido, por el lado contrario al torrente luminoso, entró una tropa golpeando con las culatas de los fusiles y picando con las bayonetas, lo que provocó un movimiento que culminó con la expulsión de un puñado de prisioneros por el extremo opuesto del túnel.

Tal como apareció, la luz cesó de pronto con un golpazo metálico que, sin embargo, no fue bastante para acallar el estruendo de una multitud que vociferaba más allá de la puerta. Se escuchaban también unos estampidos sordos y comprendió lo que ocurría.

Pensó sin quererlo en aquéllas películas de gladiadores que tanto le impresionaban en la matiné. El cine del barrio... Su niñez, los primeros de mayo de la mano de su padre; las meriendas en la casa, su mamá suplicándoles silencio mientras había reunión de la célula en la sala o en la trastienda.

Incontenible, la cascada de recuerdos le trajo la primer campaña por la presidencia, los ríos de gente alborotada por la primera oportunidad seria de llevar al poder a uno de los suyos. Y ahí la conoció. Venía ella con su sindicato, la mayoría eran mujeres y portaban riendo grandes carteles con el retrato de su candidato, el suyo propio, el de todos.

Luego el fraude, las protestas, la represión. Su relación salió fortalecida, regada por los chorros a presión de los antimotines. Se casaron. Los primeros años los dedicaron a la reorganización de los comités de base; a decir por todos lados que sí, que porqué carajos no. Qué claro que se podía... Vino la segunda campaña y la gente volvió a las calles; miles como ellos, se habían encargado de mantener viva la esperanza, de cultivarla, de sacarle injertos, de trasplantarlos y aquí estaba la cosecha, esa multitud variopinta de andrajosos que cantaban y que decían venceremos con el puño en alto, desafiando a las huestes del poder que, medroso, se agazapaba tras filas interminables de andrajosos uniformados armados de toletes y escudos de plexiglás.

Llegaron las elecciones, el pueblo votó y los del poder tuvieron que tomar vacaciones. Ojalá se fueran todos a Miami, decían algunos, a lo mejor presintiendo lo que habría de venir.

La libertad. Nadie se imaginaba que esto fuera la libertad: este rosario de asambleas y reuniones y discusiones, donde se hablaba, se proponía, se analizaba, se rebatía, se argumentaba. Y en medio de todo, pásale, compañero y el abrazo fraterno y el amor entre camaradas y los obreros y campesinos a las curules y el arte a media calle y la lectura como gozo supremo. Quizá algunos la intuían. Pero ninguno la había imaginado, la libertad, tan hermosa.

Luego el poder enfurecido, el rencor, el odio y la ambición. Todo se tornó oscuro con el golpe, el tiroteo en el palacio, la muerte del presidente, el incendio de la cámara, la toma de escuelas y sindicatos, los perros aullando a mitad de la noche.

Las detenciones, a él le cayeron saliendo de una reunión. Un encapuchado lo identificó:

—Ese es dirigente, el hijo de puta.

Y lo echaron a un camión que circuló durante horas, lo trajeron aquí, ojos vendados.

La puerta se abre de nuevo, los pastores verdugos empujan de nuevo, ahora deben empujar y golpear con más fuerza, encajar más la bayoneta: estos hombres ya saben lo que les espera al salir del túnel.

Bastaría que la puerta se abriera dos veces más para que a él mismo le tocara salir a la luz. Comenzó a llorar quedito, pero no era miedo lo que lo ahogaba, ni tristeza por ella ¿Dónde estará?. Lloraba de rabia porque allá afuera estaba la muerte; el poder cobrando la afrenta. Nunca les perdonarían a los mugrosos el haberles votado en contra, ni mucho menos el haber bailado en las calles, el haber cantado en sus teatros, el divertirse en sus parques, el haber gritado en sus plazas, haberse hecho diputados ¡Já!. Eso no. Cada quien su papel, que aunque todos seamos del mismo barro, no es lo mismo bacín que jarro. Eso era lo que decían clarito los estampidos de afuera. Y la puerta se abría de nuevo. Adiós, compañeros.

Por fin llegó su turno, curiosamente se descubrió sin miedo, sabía que no pagaba por delito alguno, le estaban cobrando por el sueño vivido, por su triunfo brutalmente aplastado por la fuerza; por haber conocido la libertad. Se sintió contento de saldar su deuda. Valió la pena —se dijo— y salió en medio del tropel de compañeros aterrorizados.

Luchó por no cerrar los ojos; si acaso, se hizo visera con las manos. Vio la plaza de toros, la arena cubierta de cadáveres, ensangrentada. El horizonte era de verde olivo tachonado por los fogonazos que derribaban a los hombres. Los que salieron con él echaron a correr hacia su muerte, provocando la algarabía del público. El no corrió, avanzó paso a paso, cuidando de no pisar los cuerpos de sus hermanos, cruzó la mitad de la arena y se concentró en un anuncio de Bayer que destacaba en el primer tendido.

A unos metros de alcanzar las tablas, clavó la vista en un soldadito que alzó su rifle para apuntarle. Se plantó entonces a pie firme, atento al soldado; lo miró a los ojos y le descubrió el miedo, lo vio con más intensidad y logró arrancarle el asco por sí mismo. Los disparos fueron cesando, pensó que ya quedarían pocos hombres en pie dentro del ruedo.

El soldadito no se atrevió a disparar, intimidado. Comenzaba a bajar su rifle cuando se llegó junto a él un oficial de ojos desorbitados.

—¡Tírale... Tírale al hijo de puta! —El soldadito abrió mucho los ojos, pero no obedeció.

—¡Tírenle al comunista hijo de puta! ¡Quémenlo! —generalizó la orden el jefe, aullando, incitando a reanudar la carnicería.

Automáticamente, la tropa enderezó sus armas apuntando, pero ninguno se atrevió a jalar del gatillo en contra de aquel hombre demacrado y con ojos de hombre bueno. Estaba visto que no era lo mismo disparar contra figuras diminutas que corrían despavoridas a la distancia que meterle un balazo a un hombre, que se llamaría de algún modo, que tendría familia, que sería de aquellos comunistas hijos de puta tan malos, que sin embargo habían organizado al pueblo para construir tantas cosas buenas y que hablaron tan bonito frente al palacio, en la mejor fiesta patria que ninguno recordara... No era lo mismo.

—¡Miren cómo se mata a un huevón, maricas! — Y el oficial enloquecido descargó su pistola en el rostro de aquél hombre que ya no supo de su mujer ni de su pueblo. Guardó el oficial una bala, esa se la metió entre las cejas al soldadito que no le obedeció. Alcanzó a hacerlo antes de que un limpísimo tiro de Fal le desmadrara el quepís y le reventara en mitad del cráneo.


Mayo, 2000
El espejo...

El tiempo... el implacable, el que pasó... (¿Pablo milanés?)

La vi en el Metro. Pero no pude reconocerla de inmediato; debimos recorrer cuatro estaciones para caer en la cuenta de que aquella mujer de porte patibulario, con zapatillas de cholo, que empuñaba enorme bolsa de mandado, había sido aquella noviecita dulce y delicada que... aquella, la de...



Ella no me vio ó no me reconoció. Me bajé hecho un pendejo, presa del tumulto que desalojó el vagón como si a éste le amenazara el fuego. El instinto de conservación me hizo buscar las tablas y así, repegado a la pared y doliéndome de pisotones y magulladuras, vi alejarse al convoy que llevaba en sus entrañas a lo que había quedado de mi primer gran amor.

Cuando llegué a la casa, cumplí con el besuqueo cotidiano; pregunté que había de comer, me dijeron chicharrón en chile verde, hice gesto de fastidio sin que me vieran. Dije ¡que rico! y anuncié que entraba al baño.

Me encerré en el baño y entonces ocurrió algo que no hubiera esperado: Lloré. Sí, lloré como si hubiera llegado espantado a la casa. Algún chivato hijo mío escuchó mis sollozos y le fue con el chisme a su mamá.


—Josefo, ¿qué tienes?...Josefo...¿Estás bien?

—Traigo un cabrón cólico, viejita. Pero estoy bien... bueno, con diarrea...
—¡Ay, Josefo! no entiendes que no comas en la calle. Ya hasta espantaste a los niños. Te lavas bien las manos y bajas a ver si no se te quitó el apetito.

Tranquilizado el rebaño familiar, seguí llorando, pero mordiéndome el brazo izquierdo a modo de no hacer más irigotes.

A mi viejita la quiero un chingo, a mis tres pequeñas bestias más y no les falta su pastura. Ellos me quieren como si deveras fuera yo su padre. A treinta años de distancia ¿Qué me había movido por dentro el encuentro casual con un fantasma?

Me acerqué al lavabo y ahí, en la pared, encontré la razón de mi llanto: no había visto un fantasma en el metro, sino un espejo. Un espejo de cuerpo entero y tan implacable como éste del baño, que me mostraba las bolsas de piel bajo mis ojos, la bola de grasa bajo el mentón, la deprimente deforestación de mi copete, y luego, ¡ay, Dios! las lonjas y las estrías. Treinta años bastaron y sobraron para convertirnos en ésto, anulando para siempre a aquellos chavos que entre partido y partido de basket, se aplicaban furiosas transfusiones salivales; que víctimas de fiebre marxista, se aplicaban por llevar a la praxis la dialéctica del sexo.

Por eso lloré: por mí, por ella, por todos; porque el tiempo nos cambia tanto, que dos personas que se amaron pueden acabar encontrándose en el metro sin reconocerse de tan viejos, tan gordos o pelones y mirándose como perros bravos en defensa del espacio vital. Hoy la vi.

Para acabarla, el chicharrón tenía pelos. Siempre pasa igual.

Salvador García Lima
La Revolución en México tuvo las características de un conflicto muy violento, con batallas en las que el número de bajas difícilmente puede ser igualado por cualquier otro conflicto en latinoamérica. Triste record.

Torreón


Por Salvador García Lima


Yo no soy de aquí… llegué luego de la toma de Torreón. Entonces ya estaba fastidiado de la guerra. Los combates para entrar a Torreón habían sido muy duros. Momentos hubo en que se combatía a ciegas, disparando sobre la bola de gente que se movía al otro extremo de la calle. Sabíamos que era gente por los destellos de los fogonazos y porque de allá para acá caía un carambal de jodidazos como los que nosotros les echábamos a ellos.

Yo crioque ellos nos veían igual y también a lo ciego nos echaban plomo. Ni ellos ni nosotros dejábamos de hacer fuego. Las carabinas y los máuseres se contestaban los estampidos. Y sobre todo este borlote de muerte, se imponían los truenos de las artillerías. Nosotros escuchábamos silbar los proyectiles por encima de nuestras cabezas, pero ya no importaba nada, el miedo se había empalmado, los jefes nos azuzaban y nosotros respondíamos haciéndonos más rápidos en la carga y descarga de nuestras armas, disparando sin apuntar. Así fue que comenzamos a avanzar. Gritábamos que muriera el ejercito federal y que viviera Pancho Villa. Ellos ya no gritaban, se iban retirando lentamente. De vez en cuando uno de ellos se quedaba rodilla a tierra y continuaba haciendo fuego, quizá con la idea de detener nuestro propio avance.

Yo lo distinguí a uno de ellos en la penumbra, por un instante se iluminó su rostro inclinado sobre el arma. Y decidí acabarlo. En ese momento el fuego sobre nosotros fue menos graneado y entonces aproveché para disparar con cuidado. Un último fogonazo de su arma me sirvió de maravilla. Centré la mira de mi arma justo en el lugar donde vi brillar su disparo y tiré del gatillo. Un grito ahogado y el ruido de su máuser al rodar, me dijeron que había acertado.

–¡En la mera chapa, vale! –Me dijo alguien a un lado. Yo no hice caso y seguí disparando sobre esa gente que era el el enemigo y que poco a poco se retiraba.

Cuando nuestras fuerzas llegaron al lugar desde donde disparaba el tirador que yo había tirado, la curiosidad me llevó a examinarlo. Era un muchachillo. No tendría más de 17 años. Y yo lo había matado.

Su cara estaba apacible, no mostraba dolor o sufrimiento alguno. Estaba hermosote, era un bonito muchacho… y no estaba vestido de militar.

–Ni te aflijas, vale, estaba tirando para allá, sobre nosotros… Era el enemigo. –Dijo el mismo que había festejado mi acierto. Al mismo tiempo se apresuraba a despojar al muchacho del arma, la cartucheras y las botas. Terminada su rapiña se retiró disparando. Esa noche tomamos Torreón.

Al otro día levantamos el campo. En las lomas que rodean Torreón colocamos uno junto a otro a 5000 cadaveres. 5000 cuerpos muertos de uno y de otro lado… de mexicanos pobres como nosotros. Un compañero me dijo que había escuchado al general decirle a un periodista gringo:

–La única justificación para esto, mister, es que lo hicimos para que no tuvieran que hacerlo nuestros hijos o nuestros nietos.

Eso dicen que dijo. A mí me pareció una pendejada, pero me callé la boca.

Una semana despues dejamos Torreón para avanzar hacia el sur. Decían que no parábamos hasta México, pero yo ya semblanteaba la forma de desertarme y regresar a Durango, a buscar a mi gente: mis papás y mis hermanas.

Cruzamos por un rancho desolado. Las casa de adobe se miraban como puestas así nomás, a lo pendejo en el llano, varias mujeres nos miraban desde las puertas. Cuando pasé frente a una de ellas, una vieja se me atravesó en el camino y mirándome a los ojos me preguntó:

–¿No lo vido a mi muchacho? Es un muchacho asina de alto –y hacía una seña indicadora con el índice– es guapote y muy fornido. Me lo llevaron los federales para desfender Torríón. El no era guacho, me lo llevaron… ¿no lo vido?

El recuerdo del muchacho muerto por mi bala, me asaltó de pronto, me turbé, quise apartar a la vieja, pero en lugar de eso le contesté:

–No lo vide, madre. Había mucha gente allá en Torreón, pero… si quere, me quedo para acompañarla a que lo busquemos.

Nunca supe si el muerto y su hijo eran el mismo, pero yo dejé de ser villista en ese momento y me quedé en el rancho, con la vieja. Fuimos a Torreón, para no encontrar a nadie. Regresamos a su rancho, este mismo, donde ora vivo. Aquí me estuve con ella trabajando para darle de comer, hasta que Dios la recogió. Buscando de esa forma, si usted quiere estúpida, borrar de mi memoria el crimen que cometí, ese y los otros, en medio de cien batallas. Cuando al fin volví a Durango, naiden me dio razón de mi gente, que si andaban por Canatlán, que si Nombre de Dios… Nunca más los encontré.

Haya sido o no el hijo de la viejita el muchacho aquél que yo maté, su mama nunca volvió a verlo… pero tampoco la mía me vio regresar.

Yo por eso digo: nunca la guerra es buena, señor. .. Yo no soy de aquí, llegué luego de la toma de Torreón.

Noviembre, 2000"

Juan

Por: Salvador García Lima

Juan vino a la ciudad. Nadie lo acompaño, Refugio el de tía Crisanta lo acompañó hasta la carretera y lo encargó con el chofer de un camión carguero. Refugio hablaba poquito de español, muy poquito

—Te lo encarga, chofer. Lo lleva a Hueyacocotla, lo deja, le dice al Juan donde sale la camión pa' Puebla. Él va hasta México, pero tú lo deja en Hueyacocotla. Le dice. Te lo encarga.

—Si, hombre. No te apures. Yo llevo al Juan.

El chofer hizo más: se lo llevó hasta Puebla y lo trepó en el camión a México. Juan, ahogado de timidez y miedo, sufriendo los efectos del primer viaje prolongado en camión, no pudo ni supo explicar que él iba a Hueyacocotla; que ahí se iba a encontrar con otros indígenas de la región que hablaban español, que lo acompañarían hasta la ciudad y que ahí le conseguirían trabajo y alojamiento. Juan nomás hablaba su Lengua.

Cuando Juan llegó a la Terminal de autobuses de oriente, se quedó paralizado. Nunca, ni en la más solemne festividad del pueblo más grande que conocía, había visto tanta gente junta. Esperando un tiempo prudente, hubiera visto llegar a los compañeros que se quedaron esperándolo en Hueyacocotla. Alguien entonces le hubiera dicho en Ñañhú: “¿Dónde anda, compadre Juan? Lo estuvimos esperando en el pueblo” Pero Juan se salió de la terminal y fue a dar al barrio de la Merced. Ahí, antes de que rompiendo su timidez hubiera intentado comunicarse, alguien lo golpeó para quitarle su morral. Aterrorizado, no atinó más que a volverse ovillo en una banqueta de la Avenida Circunvalación.

Dos días después, Juan seguía en la calle…

—¡Miren: ese pinche indio se está cagando!

—Parecen animales. Hay que llamar a la policía.

Dos días después, una patrulla acudió al lugar donde permanecía Juan. Al cerciorarse de que el indio no podría reportar ganancia alguna y en vista de su lamentable estado —días sin asearse, golpeado, cubierto de costras de sangre y mugre— no consideraron conveniente llevarlo detenido, en cambio, avisaron a Protección Social.

Al poco rato llegó una camioneta. Levantaron en vilo a Juan y lo llevaron a un albergue.

—Mira nomás como viene éste —dijo uno de los trabajadores— todo batido y madreado, creo que hasta mariguano.

—Empeyotado, pareja. Estos pinches indios tragan peyote pa' alucinarse.

-Será la chingada, ¡pero como jiede!

A golpes de manguera limpiaron a Juan, quien con trabajos lograba mantenerse en pie: trastabillaba por la debilidad de cuatro días de no probar bocado. Luego lo raparon y le dieron ropa de hospital.

La mente de Juan no lograba ponerse en orden. Víctima de agresión tras agresión, se encerraba cada vez más dentro de sí mismo, si cerraba los ojos podía ver las nubes despeñándose por las laderas de la sierra; podía escuchar el grito continuo de la cascada, o el tum-tum de los tambores en la feria… Podía fugarse.

Poco a poco Juan se resignó. Sus compañeros del albergue, habitantes de las calles y de autos abandonados, de jardineras, alcantarillas y puentes, trataron de comunicarse con él. Juan comprendía que le preguntaban su nombre y lo repetía, pero nadamás. Cuando una “trabajadora social” llegó para interrogarlo, los otros internos le informaron a la “seño”:

—Está loquito.

—¿Está loco?

—Bien loquito.

Fue suficiente. La “trabajadora social” lo miró de lejos; redactó un “reporte”, el “reporte” lo leyó un “médico”, el “médico” estaba fastidiado y sin moverse de su escritorio emitió su “diagnóstico”: Retraso mental.

Nueve años después, un comité de la Secretaría de Protección Social visitó un Centro para indigentes y discapacitados. Los funcionarios encontraron a un hombre que sonreía tímido y amable. Después de revisar su expediente, alguien de la comisión dijoi:

—Este hombre no parece tener retraso mental— Se acercó a él y le preguntó su nombre.

—Juan

—¡Estos cabrones! Se me hace que nunca lo han interrogado como se debe— dijo violentamente un antropólogo presintiendo algo más que desagradable.

—Juan: ¿Kampa mo chan?— ¿Dónde está tu casa?, preguntó en Nahuatl. El hombre se le quedó viendo fijamente...

—No habla Nahuatl. ¿Cómo le hacemos

¡Fué tan emputadamente fácil!: un trámite de media hora y el antropólogo consiguió en el Instituto Nacional Indigenista una colección de casets con grabaciones en diversas lenguas indígenas. Un poco después los funcionarios se plantaban grabadora en mano frente a Juan, quien los miraba extrañado.

Tzotzil, Chol, Raramuri, Pima, Zapoteco, pasaron por la grabadora sin que Juan tuviera reacción alguna. De pronto, del aparato salió una voz infantil que describía los paisajes de la sierra. Juan se levantó de golpe: Después de la voz infantil una voz gastada por los años interpretaba la vieja y dulce canción de cuna con que su madre lo arrullaba.

Dos gruesas lágrimas sobre el rostro moreno y prematuramente envejecido de Juan dijeron a los funcionarios que en la etiqueta del caset estaba la respuesta: “Ñañhú-Otomí”.

Una hora después un intérprete Ñañhú estrechaba la mano de Juan y apuntaba sus datos en una libreta. Por primera vez en nueve años Juan sostenía una conversación y explicaba su llegada a la ciudad.

Pocos días después, Juan encontraba a su familia: padre, madre, esposa, un hijo...

Ojalá que esto fuera un cuento, yo le hubiera inventado un final más o menos adecuado y no sería una vergüenza para todos nosotros. "
Cristina

Por Salvador García Lima

El sol va en ascenso. Las sombras se van encogiendo, poniendo en aprietos a perros y transeúntes, quienes huyen del calor y se retiran dejando las calles desiertas. Pero Cristina es indiferente a nada que no sea un punto más allá de la arboleda. Un sol pequeñito vibra en cada una de las gotas de agua salada que adornan sus ojos negros de niña abandonada.

—Esta escuincla está pasmada, carajo —Dice con voz bronca la tía de Cristina, doña Hortensia. Juvencio su marido la mira impasible y sigue afilando la hoja de su hoz.



—Pero ¿Qué te digo a tí, caramba? Estas igual de pendejo que la chamaca. Sube y dile que baje. Ponla a hacer algo, chingao. 'Ora hasta parezco su criada ¡Bonita cosa! —Buscando las palabras precisas para no acrecentar su ira, Juvencio le responde:

—Hortensia, es tu sobrina. Déjala... nomás otros días, verás que se compone. Mira: tiene nomás nueve años y a cualquiera le puede lo que...

—No le busques, por 'ai, Juvencio. No le busques. La vida no se acaba y a lo que salga, tenemos que brincarle, que carajo. No me gusta verla así, subes o subo por ella.

Hasta los oídos de Cristina llegan los ecos de la discusión. Ella sabe de qué se trata. Se muerde los labios y deja escurrir las gotas de sus ojos. Los solecitos se van alargando y le trazan una raya dorada sobre las mejillas, recorren su piel y se van a posar en los pequeños charcos de tristeza que se acumulan sobre los brazos cruzados.

Juvencio se arma de paciencia y comienza a subir la escalera. "¿Porqué tendrá el alma tan cabrona, la Hortensia? digo: es su sangre, siquiera por eso. Yo quisiera... ¡que va!, Chulo me iba a ver haciendo dengues. No es de hombres, ya sé, pero bien que quisiera..."

Cristina escucha los pasos que se dirigen a la habitación. Sabe que vendrá, seguro, un regaño, pero no se quita del balcón. Con más ansias clava la mirada al otro lado de la arboleda y sigue con sus pucheros.

—Cristina —dice el Juvencio con el cogote apretado— m'ija, quítese del balcón, ya'sta muina su tía y me le vaya a poner la mano encima, quítese.

La niña no despega la mirada de su objetivo. Juvencio se acerca y la toma por el hombro.

—M'ija, le hablo. Ande allá abajo con su tía y mire: no le haga caso, ya ve que es muy bronca la Hortensia, pero es gente, ande, vaya.

La niña se deja conducir hacia la puerta y baja dócilmente por la escalera, entonces Juvencio se para en el balcón y va doblando las rodillas, calculando la estatura de Cristina. Cuando estima que la ha alcanzado, deja ir la mirada hacia el punto en que se obstina la niña, y lo que descubre le da un golpe a su corazón macizo de serrano.

Cristina ayuda a los deberes de la casa, las horas de la tarde se estiran y el sopor de las tres de la tarde vence a Hortensia, que se derrumba en la hamaca, bajo el portal. Cristina, en silencio, se acerca y coloca un taburete al alcance de su tía, luego pone encima una jarra de agua de tamarindo, junto con un vaso y se dirige a la escalera. Hortensia abre los ojos y se incorpora para gritarle que no suba, pero Juvencio, con una energía desusada en él, estira la mano y hace un ademán que desconcierta a la mujer y la obliga a callar. Cristina desaparece de su vista y entonces Juvencio se dirige a la hamaca de la Hortensia y se acuclilla.

—Esa niña, Hortensia, no está pendeja ni pasmada. Mira pues lo que te trajo —le señala la jarra y el vaso sobre el taburete— Esa niña te quiere bien, Hortensia pues, no la eches a perder. No la hagas como tú.

—Ay, Juvencio, mira...

—¡'Ora me dejas hablar, Hortensia del carajo! Tú eres la que debe mirar. ¿Sabes porqué se pasa la Cristina en el balcón? No lo sabes, porque a puro grito la traes. Sube, ponte atrás de ella y verás que lo que esa niña tiene es cariño por su madre, tu hermana, la difunta. Sube, para que veas que esa niña te está pues pidiendo que la abraces o que la acurruques siquiera un ratito en el día. —Hortensia calla porque sabe que es cierto lo que dice Juvencio, pero qué dificil es aprender a manifestar cariño cuando la vida ha exigido una actitud firme y agresiva a modo no solo de sobrevivir, sino de hacerse de una huerta y de la mejor casa del pueblo.

—Siempre pues renegaste de que Dios no quiso darnos hijos ¿Y cómo sabes si no por fin te hizo caso y por eso tenemos a la Cristina? No pues la raspes, Hortensia, y no le corras desaire.

Con una humildad que conmueve al exaltado Juvencio, Hortensia se levanta de la hamaca y sube las escaleras. Ya en el cuarto, se pone detrás de Cristina y poniendo su cara junto a la de la niña, comprueba lo que ya sospechaba: desde el balcón se distingue, a través de un hueco en el follaje de la arboleda, la lápida sobre la tumba reciente de su hermana. Aprieta los hombros de la niña y con voz áspera le dice:

—Tráigase una sillita, míja. Aquí en el balcón le voy a escarmenar su pelo —Cristina abre mucho los ojos y baja corriendo por la silla que le pide su tía. Juvencio la ve bajar apresurada y luego subir sonriente, cargando el pequeño mueble. El hombre escupe hacia afuera del portal y le da un trago largo a su cerveza, se seca el sudor con el paliacate y de pasada se arranca dos lágrimas pendejas, sintiéndose orgulloso de su familia. Cristina también está feliz, siente sobre su cabeza los movimientos del peine y los disfruta como lo que son: torpes pero tiernas caricias. Presiente que esa nostalgia de abrazos que la oprime y la hace sentir tan huérfana, está a punto de quedar en el olvido. Nomás es cosa de tiempo.