El espejo...
El tiempo... el implacable, el que pasó... (¿Pablo milanés?)
La
vi en el Metro. Pero no pude reconocerla de inmediato; debimos recorrer cuatro
estaciones para caer en la cuenta de que aquella mujer de porte patibulario, con
zapatillas de cholo, que empuñaba enorme bolsa de mandado, había sido aquella
noviecita dulce y delicada que... aquella, la de...
Ella no me
vio ó no me reconoció. Me bajé hecho un pendejo, presa del tumulto que desalojó
el vagón como si a éste le amenazara el fuego. El instinto de conservación me
hizo buscar las tablas y así, repegado a la pared y doliéndome de pisotones y
magulladuras, vi alejarse al convoy que llevaba en sus entrañas a lo que había
quedado de mi primer gran amor.
Cuando llegué a la casa, cumplí con el
besuqueo cotidiano; pregunté que había de comer, me dijeron chicharrón en chile
verde, hice gesto de fastidio sin que me vieran. Dije ¡que rico! y anuncié que
entraba al baño.
Me encerré en el baño y entonces ocurrió algo
que no hubiera esperado: Lloré. Sí, lloré como si hubiera llegado espantado a la
casa. Algún chivato hijo mío escuchó mis sollozos y le fue con el chisme a su mamá.
—Josefo, ¿qué tienes?...Josefo...¿Estás bien?
—Traigo un
cabrón cólico, viejita. Pero estoy bien... bueno, con diarrea...
—¡Ay, Josefo! no entiendes que no comas en la calle. Ya hasta
espantaste a los niños. Te lavas bien las manos y bajas a ver si no se te quitó
el apetito.
Tranquilizado el rebaño familiar, seguí llorando, pero
mordiéndome el brazo izquierdo a modo de no hacer más irigotes.
A mi viejita
la quiero un chingo, a mis tres pequeñas bestias más y no les falta su pastura.
Ellos me quieren como si deveras fuera yo su padre. A treinta años de distancia
¿Qué me había movido por dentro el encuentro casual con un fantasma?
Me
acerqué al lavabo y ahí, en la pared, encontré la razón de mi llanto: no había
visto un fantasma en el metro, sino un espejo. Un espejo de cuerpo entero y tan
implacable como éste del baño, que me mostraba las bolsas de piel bajo mis ojos,
la bola de grasa bajo el mentón, la deprimente deforestación de mi copete, y
luego, ¡ay, Dios! las lonjas y las estrías. Treinta años bastaron y sobraron
para convertirnos en ésto, anulando para siempre a aquellos chavos que entre
partido y partido de basket, se aplicaban furiosas transfusiones salivales; que
víctimas de fiebre marxista, se aplicaban por llevar a la praxis la dialéctica
del sexo.
Por eso lloré: por mí, por ella, por todos; porque el tiempo
nos cambia tanto, que dos personas que se amaron pueden acabar encontrándose en
el metro sin reconocerse de tan viejos, tan gordos o pelones y mirándose como
perros bravos en defensa del espacio vital. Hoy la vi.
Para acabarla, el
chicharrón tenía pelos. Siempre pasa igual.
Salvador García Lima
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