martes, 20 de noviembre de 2012

El espejo...

El tiempo... el implacable, el que pasó... (¿Pablo milanés?)

La vi en el Metro. Pero no pude reconocerla de inmediato; debimos recorrer cuatro estaciones para caer en la cuenta de que aquella mujer de porte patibulario, con zapatillas de cholo, que empuñaba enorme bolsa de mandado, había sido aquella noviecita dulce y delicada que... aquella, la de...



Ella no me vio ó no me reconoció. Me bajé hecho un pendejo, presa del tumulto que desalojó el vagón como si a éste le amenazara el fuego. El instinto de conservación me hizo buscar las tablas y así, repegado a la pared y doliéndome de pisotones y magulladuras, vi alejarse al convoy que llevaba en sus entrañas a lo que había quedado de mi primer gran amor.

Cuando llegué a la casa, cumplí con el besuqueo cotidiano; pregunté que había de comer, me dijeron chicharrón en chile verde, hice gesto de fastidio sin que me vieran. Dije ¡que rico! y anuncié que entraba al baño.

Me encerré en el baño y entonces ocurrió algo que no hubiera esperado: Lloré. Sí, lloré como si hubiera llegado espantado a la casa. Algún chivato hijo mío escuchó mis sollozos y le fue con el chisme a su mamá.


—Josefo, ¿qué tienes?...Josefo...¿Estás bien?

—Traigo un cabrón cólico, viejita. Pero estoy bien... bueno, con diarrea...
—¡Ay, Josefo! no entiendes que no comas en la calle. Ya hasta espantaste a los niños. Te lavas bien las manos y bajas a ver si no se te quitó el apetito.

Tranquilizado el rebaño familiar, seguí llorando, pero mordiéndome el brazo izquierdo a modo de no hacer más irigotes.

A mi viejita la quiero un chingo, a mis tres pequeñas bestias más y no les falta su pastura. Ellos me quieren como si deveras fuera yo su padre. A treinta años de distancia ¿Qué me había movido por dentro el encuentro casual con un fantasma?

Me acerqué al lavabo y ahí, en la pared, encontré la razón de mi llanto: no había visto un fantasma en el metro, sino un espejo. Un espejo de cuerpo entero y tan implacable como éste del baño, que me mostraba las bolsas de piel bajo mis ojos, la bola de grasa bajo el mentón, la deprimente deforestación de mi copete, y luego, ¡ay, Dios! las lonjas y las estrías. Treinta años bastaron y sobraron para convertirnos en ésto, anulando para siempre a aquellos chavos que entre partido y partido de basket, se aplicaban furiosas transfusiones salivales; que víctimas de fiebre marxista, se aplicaban por llevar a la praxis la dialéctica del sexo.

Por eso lloré: por mí, por ella, por todos; porque el tiempo nos cambia tanto, que dos personas que se amaron pueden acabar encontrándose en el metro sin reconocerse de tan viejos, tan gordos o pelones y mirándose como perros bravos en defensa del espacio vital. Hoy la vi.

Para acabarla, el chicharrón tenía pelos. Siempre pasa igual.

Salvador García Lima

No hay comentarios:

Publicar un comentario