La Revolución en México tuvo las características de un conflicto muy
violento, con batallas en las que el número de bajas difícilmente puede ser
igualado por cualquier otro conflicto en latinoamérica. Triste
record.
Torreón
Por Salvador García Lima
Yo no soy de aquí… llegué luego de la toma de Torreón. Entonces ya estaba
fastidiado de la guerra. Los combates para entrar a Torreón habían sido muy
duros. Momentos hubo en que se combatía a ciegas, disparando sobre la bola de
gente que se movía al otro extremo de la calle. Sabíamos que era gente por los
destellos de los fogonazos y porque de allá para acá caía un carambal de
jodidazos como los que nosotros les echábamos a ellos.
Yo crioque ellos
nos veían igual y también a lo ciego nos echaban plomo. Ni ellos ni nosotros
dejábamos de hacer fuego. Las carabinas y los máuseres se contestaban los
estampidos. Y sobre todo este borlote de muerte, se imponían los truenos de las
artillerías. Nosotros escuchábamos silbar los proyectiles por encima de nuestras
cabezas, pero ya no importaba nada, el miedo se había empalmado, los jefes nos
azuzaban y nosotros respondíamos haciéndonos más rápidos en la carga y descarga
de nuestras armas, disparando sin apuntar. Así fue que comenzamos a avanzar.
Gritábamos que muriera el ejercito federal y que viviera Pancho Villa. Ellos ya
no gritaban, se iban retirando lentamente. De vez en cuando uno de ellos se
quedaba rodilla a tierra y continuaba haciendo fuego, quizá con la idea de
detener nuestro propio avance.
Yo lo distinguí a uno de ellos en la
penumbra, por un instante se iluminó su rostro inclinado sobre el arma. Y decidí
acabarlo. En ese momento el fuego sobre nosotros fue menos graneado y entonces
aproveché para disparar con cuidado. Un último fogonazo de su arma me sirvió de
maravilla. Centré la mira de mi arma justo en el lugar donde vi brillar su
disparo y tiré del gatillo. Un grito ahogado y el ruido de su máuser al rodar,
me dijeron que había acertado.
–¡En la mera chapa, vale! –Me dijo
alguien a un lado. Yo no hice caso y seguí disparando sobre esa gente que era el
el enemigo y que poco a poco se retiraba.
Cuando nuestras fuerzas
llegaron al lugar desde donde disparaba el tirador que yo había tirado, la
curiosidad me llevó a examinarlo. Era un muchachillo. No tendría más de 17 años.
Y yo lo había matado.
Su cara estaba apacible, no mostraba dolor o
sufrimiento alguno. Estaba hermosote, era un bonito muchacho… y no estaba
vestido de militar.
–Ni te aflijas, vale, estaba tirando para allá,
sobre nosotros… Era el enemigo. –Dijo el mismo que había festejado mi acierto.
Al mismo tiempo se apresuraba a despojar al muchacho del arma, la cartucheras y
las botas. Terminada su rapiña se retiró disparando. Esa noche tomamos Torreón.
Al otro día levantamos el campo. En las lomas que rodean Torreón
colocamos uno junto a otro a 5000 cadaveres. 5000 cuerpos muertos de uno y de
otro lado… de mexicanos pobres como nosotros. Un compañero me dijo que había
escuchado al general decirle a un periodista gringo:
–La única
justificación para esto, mister, es que lo hicimos para que no tuvieran que
hacerlo nuestros hijos o nuestros nietos.
Eso dicen que dijo. A mí me
pareció una pendejada, pero me callé la boca.
Una semana despues dejamos
Torreón para avanzar hacia el sur. Decían que no parábamos hasta México, pero yo
ya semblanteaba la forma de desertarme y regresar a Durango, a buscar a mi
gente: mis papás y mis hermanas.
Cruzamos por un rancho desolado. Las
casa de adobe se miraban como puestas así nomás, a lo pendejo en el llano,
varias mujeres nos miraban desde las puertas. Cuando pasé frente a una de ellas,
una vieja se me atravesó en el camino y mirándome a los ojos me preguntó:
–¿No lo vido a mi muchacho? Es un muchacho asina de alto –y hacía una
seña indicadora con el índice– es guapote y muy fornido. Me lo llevaron los
federales para desfender Torríón. El no era guacho, me lo llevaron… ¿no lo vido?
El recuerdo del muchacho muerto por mi bala, me asaltó de pronto, me
turbé, quise apartar a la vieja, pero en lugar de eso le contesté:
–No
lo vide, madre. Había mucha gente allá en Torreón, pero… si quere, me quedo para
acompañarla a que lo busquemos.
Nunca supe si el muerto y su hijo eran
el mismo, pero yo dejé de ser villista en ese momento y me quedé en el rancho,
con la vieja. Fuimos a Torreón, para no encontrar a nadie. Regresamos a su
rancho, este mismo, donde ora vivo. Aquí me estuve con ella trabajando para
darle de comer, hasta que Dios la recogió. Buscando de esa forma, si usted
quiere estúpida, borrar de mi memoria el crimen que cometí, ese y los otros, en
medio de cien batallas. Cuando al fin volví a Durango, naiden me dio razón de mi
gente, que si andaban por Canatlán, que si Nombre de Dios… Nunca más los
encontré.
Haya sido o no el hijo de la viejita el muchacho aquél que yo
maté, su mama nunca volvió a verlo… pero tampoco la mía me vio regresar.
Yo por eso digo: nunca la guerra es buena, señor. .. Yo no soy de aquí,
llegué luego de la toma de Torreón.
Noviembre, 2000"
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