martes, 20 de noviembre de 2012


Juan

Por: Salvador García Lima

Juan vino a la ciudad. Nadie lo acompaño, Refugio el de tía Crisanta lo acompañó hasta la carretera y lo encargó con el chofer de un camión carguero. Refugio hablaba poquito de español, muy poquito

—Te lo encarga, chofer. Lo lleva a Hueyacocotla, lo deja, le dice al Juan donde sale la camión pa' Puebla. Él va hasta México, pero tú lo deja en Hueyacocotla. Le dice. Te lo encarga.

—Si, hombre. No te apures. Yo llevo al Juan.

El chofer hizo más: se lo llevó hasta Puebla y lo trepó en el camión a México. Juan, ahogado de timidez y miedo, sufriendo los efectos del primer viaje prolongado en camión, no pudo ni supo explicar que él iba a Hueyacocotla; que ahí se iba a encontrar con otros indígenas de la región que hablaban español, que lo acompañarían hasta la ciudad y que ahí le conseguirían trabajo y alojamiento. Juan nomás hablaba su Lengua.

Cuando Juan llegó a la Terminal de autobuses de oriente, se quedó paralizado. Nunca, ni en la más solemne festividad del pueblo más grande que conocía, había visto tanta gente junta. Esperando un tiempo prudente, hubiera visto llegar a los compañeros que se quedaron esperándolo en Hueyacocotla. Alguien entonces le hubiera dicho en Ñañhú: “¿Dónde anda, compadre Juan? Lo estuvimos esperando en el pueblo” Pero Juan se salió de la terminal y fue a dar al barrio de la Merced. Ahí, antes de que rompiendo su timidez hubiera intentado comunicarse, alguien lo golpeó para quitarle su morral. Aterrorizado, no atinó más que a volverse ovillo en una banqueta de la Avenida Circunvalación.

Dos días después, Juan seguía en la calle…

—¡Miren: ese pinche indio se está cagando!

—Parecen animales. Hay que llamar a la policía.

Dos días después, una patrulla acudió al lugar donde permanecía Juan. Al cerciorarse de que el indio no podría reportar ganancia alguna y en vista de su lamentable estado —días sin asearse, golpeado, cubierto de costras de sangre y mugre— no consideraron conveniente llevarlo detenido, en cambio, avisaron a Protección Social.

Al poco rato llegó una camioneta. Levantaron en vilo a Juan y lo llevaron a un albergue.

—Mira nomás como viene éste —dijo uno de los trabajadores— todo batido y madreado, creo que hasta mariguano.

—Empeyotado, pareja. Estos pinches indios tragan peyote pa' alucinarse.

-Será la chingada, ¡pero como jiede!

A golpes de manguera limpiaron a Juan, quien con trabajos lograba mantenerse en pie: trastabillaba por la debilidad de cuatro días de no probar bocado. Luego lo raparon y le dieron ropa de hospital.

La mente de Juan no lograba ponerse en orden. Víctima de agresión tras agresión, se encerraba cada vez más dentro de sí mismo, si cerraba los ojos podía ver las nubes despeñándose por las laderas de la sierra; podía escuchar el grito continuo de la cascada, o el tum-tum de los tambores en la feria… Podía fugarse.

Poco a poco Juan se resignó. Sus compañeros del albergue, habitantes de las calles y de autos abandonados, de jardineras, alcantarillas y puentes, trataron de comunicarse con él. Juan comprendía que le preguntaban su nombre y lo repetía, pero nadamás. Cuando una “trabajadora social” llegó para interrogarlo, los otros internos le informaron a la “seño”:

—Está loquito.

—¿Está loco?

—Bien loquito.

Fue suficiente. La “trabajadora social” lo miró de lejos; redactó un “reporte”, el “reporte” lo leyó un “médico”, el “médico” estaba fastidiado y sin moverse de su escritorio emitió su “diagnóstico”: Retraso mental.

Nueve años después, un comité de la Secretaría de Protección Social visitó un Centro para indigentes y discapacitados. Los funcionarios encontraron a un hombre que sonreía tímido y amable. Después de revisar su expediente, alguien de la comisión dijoi:

—Este hombre no parece tener retraso mental— Se acercó a él y le preguntó su nombre.

—Juan

—¡Estos cabrones! Se me hace que nunca lo han interrogado como se debe— dijo violentamente un antropólogo presintiendo algo más que desagradable.

—Juan: ¿Kampa mo chan?— ¿Dónde está tu casa?, preguntó en Nahuatl. El hombre se le quedó viendo fijamente...

—No habla Nahuatl. ¿Cómo le hacemos

¡Fué tan emputadamente fácil!: un trámite de media hora y el antropólogo consiguió en el Instituto Nacional Indigenista una colección de casets con grabaciones en diversas lenguas indígenas. Un poco después los funcionarios se plantaban grabadora en mano frente a Juan, quien los miraba extrañado.

Tzotzil, Chol, Raramuri, Pima, Zapoteco, pasaron por la grabadora sin que Juan tuviera reacción alguna. De pronto, del aparato salió una voz infantil que describía los paisajes de la sierra. Juan se levantó de golpe: Después de la voz infantil una voz gastada por los años interpretaba la vieja y dulce canción de cuna con que su madre lo arrullaba.

Dos gruesas lágrimas sobre el rostro moreno y prematuramente envejecido de Juan dijeron a los funcionarios que en la etiqueta del caset estaba la respuesta: “Ñañhú-Otomí”.

Una hora después un intérprete Ñañhú estrechaba la mano de Juan y apuntaba sus datos en una libreta. Por primera vez en nueve años Juan sostenía una conversación y explicaba su llegada a la ciudad.

Pocos días después, Juan encontraba a su familia: padre, madre, esposa, un hijo...

Ojalá que esto fuera un cuento, yo le hubiera inventado un final más o menos adecuado y no sería una vergüenza para todos nosotros. "

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