martes, 20 de noviembre de 2012


El túnel

 
Por Salvador García Lima

Faltaban unos cuantos metros. Calculó que llevarían horas en aquél túnel, hubiera querido sentarse, pero era tal la aglomeración, que resultaba completamente imposible. Nadie parecía preocuparse por los demás, angustiados como estaban esperando algo que no sabían qué podía ser.

El sí había mirado a su rededor y detrás de los rostros demacrados, deformados algunos por los golpes, le había parecido reconocer a alguien de los textiles, sería del comité. Aquél de allá, parecía a uno de los profesores de la coordinadora. Este de acá, tan golpeado, era sin duda uno de los precaristas que se habían integrado a la Unión.

De pronto, un golpe de luz que entró por uno de los extremos del túnel, los dejó desconcertados.

Acto seguido, por el lado contrario al torrente luminoso, entró una tropa golpeando con las culatas de los fusiles y picando con las bayonetas, lo que provocó un movimiento que culminó con la expulsión de un puñado de prisioneros por el extremo opuesto del túnel.

Tal como apareció, la luz cesó de pronto con un golpazo metálico que, sin embargo, no fue bastante para acallar el estruendo de una multitud que vociferaba más allá de la puerta. Se escuchaban también unos estampidos sordos y comprendió lo que ocurría.

Pensó sin quererlo en aquéllas películas de gladiadores que tanto le impresionaban en la matiné. El cine del barrio... Su niñez, los primeros de mayo de la mano de su padre; las meriendas en la casa, su mamá suplicándoles silencio mientras había reunión de la célula en la sala o en la trastienda.

Incontenible, la cascada de recuerdos le trajo la primer campaña por la presidencia, los ríos de gente alborotada por la primera oportunidad seria de llevar al poder a uno de los suyos. Y ahí la conoció. Venía ella con su sindicato, la mayoría eran mujeres y portaban riendo grandes carteles con el retrato de su candidato, el suyo propio, el de todos.

Luego el fraude, las protestas, la represión. Su relación salió fortalecida, regada por los chorros a presión de los antimotines. Se casaron. Los primeros años los dedicaron a la reorganización de los comités de base; a decir por todos lados que sí, que porqué carajos no. Qué claro que se podía... Vino la segunda campaña y la gente volvió a las calles; miles como ellos, se habían encargado de mantener viva la esperanza, de cultivarla, de sacarle injertos, de trasplantarlos y aquí estaba la cosecha, esa multitud variopinta de andrajosos que cantaban y que decían venceremos con el puño en alto, desafiando a las huestes del poder que, medroso, se agazapaba tras filas interminables de andrajosos uniformados armados de toletes y escudos de plexiglás.

Llegaron las elecciones, el pueblo votó y los del poder tuvieron que tomar vacaciones. Ojalá se fueran todos a Miami, decían algunos, a lo mejor presintiendo lo que habría de venir.

La libertad. Nadie se imaginaba que esto fuera la libertad: este rosario de asambleas y reuniones y discusiones, donde se hablaba, se proponía, se analizaba, se rebatía, se argumentaba. Y en medio de todo, pásale, compañero y el abrazo fraterno y el amor entre camaradas y los obreros y campesinos a las curules y el arte a media calle y la lectura como gozo supremo. Quizá algunos la intuían. Pero ninguno la había imaginado, la libertad, tan hermosa.

Luego el poder enfurecido, el rencor, el odio y la ambición. Todo se tornó oscuro con el golpe, el tiroteo en el palacio, la muerte del presidente, el incendio de la cámara, la toma de escuelas y sindicatos, los perros aullando a mitad de la noche.

Las detenciones, a él le cayeron saliendo de una reunión. Un encapuchado lo identificó:

—Ese es dirigente, el hijo de puta.

Y lo echaron a un camión que circuló durante horas, lo trajeron aquí, ojos vendados.

La puerta se abre de nuevo, los pastores verdugos empujan de nuevo, ahora deben empujar y golpear con más fuerza, encajar más la bayoneta: estos hombres ya saben lo que les espera al salir del túnel.

Bastaría que la puerta se abriera dos veces más para que a él mismo le tocara salir a la luz. Comenzó a llorar quedito, pero no era miedo lo que lo ahogaba, ni tristeza por ella ¿Dónde estará?. Lloraba de rabia porque allá afuera estaba la muerte; el poder cobrando la afrenta. Nunca les perdonarían a los mugrosos el haberles votado en contra, ni mucho menos el haber bailado en las calles, el haber cantado en sus teatros, el divertirse en sus parques, el haber gritado en sus plazas, haberse hecho diputados ¡Já!. Eso no. Cada quien su papel, que aunque todos seamos del mismo barro, no es lo mismo bacín que jarro. Eso era lo que decían clarito los estampidos de afuera. Y la puerta se abría de nuevo. Adiós, compañeros.

Por fin llegó su turno, curiosamente se descubrió sin miedo, sabía que no pagaba por delito alguno, le estaban cobrando por el sueño vivido, por su triunfo brutalmente aplastado por la fuerza; por haber conocido la libertad. Se sintió contento de saldar su deuda. Valió la pena —se dijo— y salió en medio del tropel de compañeros aterrorizados.

Luchó por no cerrar los ojos; si acaso, se hizo visera con las manos. Vio la plaza de toros, la arena cubierta de cadáveres, ensangrentada. El horizonte era de verde olivo tachonado por los fogonazos que derribaban a los hombres. Los que salieron con él echaron a correr hacia su muerte, provocando la algarabía del público. El no corrió, avanzó paso a paso, cuidando de no pisar los cuerpos de sus hermanos, cruzó la mitad de la arena y se concentró en un anuncio de Bayer que destacaba en el primer tendido.

A unos metros de alcanzar las tablas, clavó la vista en un soldadito que alzó su rifle para apuntarle. Se plantó entonces a pie firme, atento al soldado; lo miró a los ojos y le descubrió el miedo, lo vio con más intensidad y logró arrancarle el asco por sí mismo. Los disparos fueron cesando, pensó que ya quedarían pocos hombres en pie dentro del ruedo.

El soldadito no se atrevió a disparar, intimidado. Comenzaba a bajar su rifle cuando se llegó junto a él un oficial de ojos desorbitados.

—¡Tírale... Tírale al hijo de puta! —El soldadito abrió mucho los ojos, pero no obedeció.

—¡Tírenle al comunista hijo de puta! ¡Quémenlo! —generalizó la orden el jefe, aullando, incitando a reanudar la carnicería.

Automáticamente, la tropa enderezó sus armas apuntando, pero ninguno se atrevió a jalar del gatillo en contra de aquel hombre demacrado y con ojos de hombre bueno. Estaba visto que no era lo mismo disparar contra figuras diminutas que corrían despavoridas a la distancia que meterle un balazo a un hombre, que se llamaría de algún modo, que tendría familia, que sería de aquellos comunistas hijos de puta tan malos, que sin embargo habían organizado al pueblo para construir tantas cosas buenas y que hablaron tan bonito frente al palacio, en la mejor fiesta patria que ninguno recordara... No era lo mismo.

—¡Miren cómo se mata a un huevón, maricas! — Y el oficial enloquecido descargó su pistola en el rostro de aquél hombre que ya no supo de su mujer ni de su pueblo. Guardó el oficial una bala, esa se la metió entre las cejas al soldadito que no le obedeció. Alcanzó a hacerlo antes de que un limpísimo tiro de Fal le desmadrara el quepís y le reventara en mitad del cráneo.


Mayo, 2000

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