domingo, 18 de noviembre de 2012

Falsa crónica de una libreta


Arrumbada, apreciada en su tiempo, pero relegada a un rincón por el olvido y la desidia, la libreta acumulaba polvo en sus costados y sentía perder la lozanía en cada una de sus hojas.

Un día volvió a ver la luz, pero lo hizo sólo para descubrir que era una libreta abandonada: el departamento desolado mostraba sus paredes desnudas y no albergaba más que algunas cajas de cartón desvencijadas y llenas de papeles de todo tipo. Un hombre hurgó en ellas, destripándolas y exponiendo sus entrañas a la luz que entraba a las habitaciones con crudeza, sin cortina o persiana alguna que lo impidiera.

-Veinticinco pesos, es papel muy disparejo y casi nada de cartón.

-Lléveselo -dijo un hombre con cara de conserje al individuo enfundado en un llamativo y pringoso uniforme color naranja.

Junto con sus compañeros de reclusión, la libreta fue arrojada al fondo de un tambo cuya lámina de seguro existía bajo algunos milímetros de la más compacta y abigarrada capa de mugre que pueda imaginarse. El trayecto fue corto: terminó en un depósito de papel y cartón.

-Treinta y cinco varos, Abundio

-Vienen.

Por la noche llegó la pepena: una mujer se encargó de separar el papel adquirido en el transcurso del día. Primero apiló el cartón, después, folletos, libretas y folders, al final, rompió el papel restante y lo arrojó a una inmensa pila.

La libreta fue recluida nuevamente, ahora en una caja de cartón, que fue sacada al día siguiente por la mujer y llevada a un bazar cercano.

-Diez pesos por toda la caja.

-Démelos.

Unos días después, un aprendiz de chacharero entró al bazar con aire conocedor y preguntó por el precio de un lote de libretas a medio usar.

-Dame cinco pesos por diez libretas.

-Le doy tres, ya están muy usadas, casi ni voy a poder dibujar

-sale

-Mire: ésta casi no tiene páginas en blanco ¿Me la regala?

-Llévatela.


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Mi hijo es aprendiz de chacharero, heredó la maña de un mi cuñado que decora su casa con los objetos más inverosímiles. Con su tío ha recorrido todos los tianguis de la ciudad, ha aprendido el bizarro arte del regateo y comenzado su colección de objetos inservibles. Bueno, casi inservibles: el condenado chamaco ventila su cuarto con un motor de licuadora y unas aspas de nosequé. Sus amigos vinieron a ver el "ventilador de velocidades" y bautizaron a mi hijo como " Ciro Peraloca".
Yo soy un jugador irracional de todo tipo de lotería, ráscale y demás etcéteras. Digo que irracional, porque jamás he ganado nada más que la tonta esperanza de salir de pobre. Cierto día daban los resultados de un sorteo:

-Vieja: algo para apuntar los números del "melate"

-Ai'stan las libretas de Julito

Tomé la que estaba más a la mano y con un rímel de mi esposa garabateé los números del sorteo. Al hacerlo, me llamó la atención la apretada caligrafía que llenaba la mayor parte de las hojas. Comencé a descifrar y descubrí diversos apuntes y cada uno de ellos delineaba diferentes tramas, entre otras: una mujer recluida por error en un manicomio, un presidente derrocado que vivía en el exilio, una niña sin peso corporal guardada en una caja... "estos parecen los apuntes de un escritor... ¿de donde la habrá sacado el Julito?" Anoté el resultado, aventé la libreta al sofá y me puse a hacer cualquier cosa.

Al otro día, con mis boletas del sorteo en la mano, quise cotejar los números

-Oyes, vieja ¿Y la libreta donde apunté ayer los números del "melate"?

-La libreta donde... ¡Ah!, sí. La mandé al carajo.

-No seas así, ¿Dónde la pusiste?

-La tiré, te digo. Me puse a escombrar y tiré todas las libretas que trajo tu hijo, salió igual que el zafado de mi hermano. Ya se lo dije: si va a traer cosas, que las acomode en su cuarto o se van a la basura.

-¡Pinche vieja! -Exclamé en voz muy baja y me olvidé del asunto, ya después compraría el periódico con la lista oficial.


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Nuevamente a la aventura. Encerrada en una bolsa de plástico, con otras diez compañeras de infortunio, la libreta repitió el viaje por la vía ya conocida: tambo-depósito-Bazar. Para sellar su suerte, un día de temporal el agua penetró al local y la dejó completamente empapada. Volvió por última vez al depósito y -debido a su deplorable estado- fue condenada a la pena capital. Desmembrada, fragmentada, escarnecida, acabó formando parte de una gran paca.


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Aparte de jugador, soy lector empedernido. Alborozado, leí el anuncio: empezaba la Feria del libro. Subí a mi recámara; rompí mi cochinito y, vieja del brazo, visité la feria. Ahí estaba: Gabriel García Márquez, Doce cuentos peregrinos ¡claro que lo compré! La vendedora lo iba a meter en una bolsa de plástico, pero le dije que así estaba bien. Me lo entregó y comencé a hojearlo con avidez.

De pronto me invadió la conocida sensación de estar ante algo conocido: Yo he leído ésto... ¿Dónde?...¡La mujer del manicomio!... "Yo solo vine a hablar por teléfono" ¡Hijo de la...! -Di vuelta apresuradamente a las páginas- y aquí... ¡El derrocado en el exilio!... "Buen viaje, señor presidente", ¡Me carga la...! -Casi desgarro las hojas- ¡La niña en la caja!... "La santa", ¡Ah, que su...! -Volví a abrir el libro por sus primeras hojas- una nota del propio García Márquez: una verdadera historia... 64 apuntes sueltos sobre historias diferentes...

fragmentos recuperados... una libreta errabunda, finalmente extraviada....
 
No pude evitar el grito para sorpesa de todos; ¡Esa libreta había estado en mi casa!
 
-¡Ayyyyy!

-¡Josefo, por Dios! ¿Qué te pasa?

-....

-Josefo, dime algo

-Pendeja

-¡Josefo!

-¡Pendeja!

-Josefo...

-¡Ay, Dios!

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