La mujer que a veces...
Cierta vez pude leer la historia de La mujer que no.
Trataba de una relación que no pudo superar la etapa del cortejo; en este proceso, la interacción entre pretendiente y pretensa fue subiendo de tono; desde el primer tímido acercamiento hasta el crítico instante en que, se supone, los zippers deben correr hacia abajo para desencadenar esa caótica etapa final que a veces es desenlance y en otras es apenas el comienzo de historias de largo aliento. Historias no siempre venturosas, las hay en las que abundan los gritos y sombrerazos y llegan a tener su cuota más o menos generosa de mocos, lágrimas y hasta (Ay, Señor) de sangre.
Digo que en la historia de La mujer que no, los zippers nunca llegaron a bajar totalmente lo cual equivale a decir que jamás se levantó el telón para cualquier cosa -drama o comedia- que los protagonistas hubieran podido vivir.
Frustración es el sentimiento que queda luego de la lectura de ese cuento de Jorge Ibargüengoitia basado en el viejo refrán: "Del plato a la boca...". Quien iba a decirme que iba yo a estelarizar historia muy semejante. En mi caso, los zippers sí bajaron, sí se levantó el telón; sí se enderezó, no sin trabajos, lo que debía enderezarse y todo lo demás, dando lugar a una escena confusa no tanto por el desenlace sino por el ralentí desquiciante en que entró la relación.
Tuvimos nuestros qué veres con unos lapsos tan prolongados por medio, que en ellos cupieron pero muy holgadamente, la asunción de un nuevo Papa romano, la desintegración de un imperio económico, la trastocación mundial de los polos hegemónicos... Figúrense.
Lo esporádico de los encuentros nos impidió, por un mínimo sentido de lo exacto, considerarnos con ese término que nunca me ha gustado: "amantes"; novios, cuantimenos. (por lo menos en teoría los novios se especializan en la aplicación mútua de transfusiones salivales y algunas caricias más o menos atrevidas que se dan por vía de avances) Lo nuestro se traducía, en rarísisimas ocasiones, en furiosas exploraciones multisensoriales que solían dejarnos exhaustos. Terminamos por definir nuestra situación con la indefinición misma: "Quién sabe qué carajos somos, pero algo hemos de ser".
Todo, sin embargo, tiene una razón. Luego de esos exaltados y lascivos ayuntamientos, entrábamos en un rico periodo de íntima comunión en el que era la ternura la que impregnaba el momento. Momento que se alargaba tanto como ya he dicho y en el que la relación se limitaba a extensas pláticas de amigos vía telefónica. Dedicada ella a su marido tanto como yo a mi esposa.
Hoy, justamente, y en el ocaso de mi vida, nos encontramos en el impase más prolongado de esta rara relación: la última vez que nos vimos para lo nuestro su hijo mayor comenzaba el bachillerato y hoy es ya un médico con dos especialidades. Ahora me dispongo a llamarle por teléfono, en caso de que recuerde quien soy, le haré una discreta insinuación para saber si quiere.
Salvador García Lima
Escribidor.
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